lunes 12 de diciembre de 2011
nadie, nada, nunca, siempre
es casi como las tardes de los días feriados
que reptan lánguidas hacia el final
y se deshacen, o se derriten
perdiendo toda consistencia,
material que no sirve ni para construir
el relato
de la historia de la vida de nadie;
con un sol o una nube que son
la síntesis de la soledad en estado puro,
compañeras de la nada, insustanciales,
la metáfora del desasosigo y del vacío
que puede haber en un día cualquiera
de ese feriado que deja todo y a todos
en un estado vegetativo
sin otros reflejos que los de respirar
como un acto mecánico
la honda tristeza del tiempo suspendido
y sostenido apenas por un deseo escuálido,
las ganas de ser nada, nadie, nunca, siempre,
el punto en el que convergen todas las preguntas
que tienen respuesta pero que no queremos responder,
algo así como una estación de tren
en medio del campo, a las tres de la tarde
cualquier verano,
con un pasajero o, a lo sumo, dos
que maceran la espera en el sopor
de la tarde y del viaje,
de los viajes como la acción
de dislocar la realidad y volverla como la tarde
es decir
la representación de la inanidad,
de eso que es opuesto y ajeno a todo
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