viernes 14 de octubre de 2011

Cerro San Cristóbal




Hay automóviles,
piernas que trotan,
gente que reza,
saca fotografías opacas
de los edificios de Santiago,
de los Andes traslúcidos,
de pudúes extinguiéndose,
niños que juegan en juegos de madera,
piscinas, restaurantes, mote.
Desde lo alto
puede verse un Mapocho escuálido
que baja entre edificios refractarios
y más allá entre casas descascaradas
como un oráculo de los pensamientos
de los chilenos sobre su propia suerte,
y puede verse el Estadio Nacional
donde caminó Víctor Jara
y La Moneda
donde se decidió qué sería de él.
Una bicicleta, mil bicicletas
que pelean el espacio
y que queman las calorías
de la noche del sábado,
pisco, vodka, chelas, pitos,
plateada, pebre, charquicán, riendas,
aquello que debe desaparecer
de los cuerpos para comenzar la semana.
Hay pacos, buses de turistas,
máquinas fotográficas,
blackberries que se llaman,
besos, vasos de Bilz y Pap,
gente de provincia,
la campana del funicular,
vírgenes.
Y estás vos,
ajeno a casi todo,
sabiéndote parte y extranjero
a los designios de la naturaleza,
al desvarío de las imágenes,
a las palabras que sólo aquí
quieren decir algo,
el que baja y se pierde
por una calle cualquiera de Bellavista.

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