domingo 10 de enero de 2010

La fundación de Nueva York


He decidido fundar Nueva York. Más bien, decidí crear Nueva York aquí en el medio de la pampa argentina. Espacio sobra, de eso no hay dudas, como para fundar quince o veinte Nuevas Yorkes. Lo que me parece que falta son ganas, no mías sino de otra gente, de esos que deberían ser mis socios y que no parecen muy entusiasmados con la idea. Allá ellos, se lo perderán.

El lugar exacto no lo tengo todavía muy definido aunque algunas pistas pueden llevarme a encontrarlo rápidamente. Sin ir más lejos deberá ser un lugar en el que haya dos ríos como el East y el Hudson, eso está al margen de cualquier intercambio que podamos tener, incluso del más ligero punto de vista siquiera porque resultaría disparatado imaginar que Nueva York no tuviera no uno sino dos ríos, y dos ríos potentes, caudalosos, ríos arteriales y empujadores. No podrían ser como el río Primero o Suquía y el río Segundo de Córdoba, sobre todo porque Córdoba ya está hecha y transformarla en Nueva York se me prefigura como una tarea mucho más ardua que empezar algo desde cero; por eso deseché esta idea de inmediato, máxime si tenemos en cuenta que el caudal del río Primero es infinitamente menor a cualquiera de los neoyorquinos. Y si tenemos que tener ríos vamos a tener que tener puentes, pero los puentes los construiremos, sobre todo el puente de Brooklyn que es el más lindo puente que tiene Nueva York. Por lo menos eso es lo que muestran las fotografías y las películas que he visto ya que jamás estuve en Nueva York.

El lote para levantarla también debería tener aunque más no sea un monte o un montecito de eucaliptus o de paraísos porque es necesario ubicar allí al Central Park. Ceibos no, no debe de haber ceibos en Nueva York y sauces llorones tampoco, pero si hubiera alguno en el monte, lo talamos ahí nomás o lo dejamos total quién va a fijarse en cada uno de los árboles que vamos a poner en el Central Park. Lo que seguro que no va a haber por lo menos en un principio es un zoológico en el Central Park de acá, mucha complicación vamos a tener con fundar la ciudad como para ponernos a buscar animales salvajes para el zoológico.

Mi Nueva York, nuestra Nueva York porque ni bien se levante calculo que no habrá argentino que no la haga suya ni se le hinche el pecho al nombrarla o visitarla, tendrá museos diseñados por grandes arquitectos, edificios levantados por grandes constructores, un sector en el que el show business será amo y señor y otro en el que se prodigarán prostitutas y rufianes, un sector bohemio con pequeños cafés de los cuales saldrá música de jazz tocada por bandas de negros que llevarán el swing en el alma. Tendrá lo que tiene la Nueva York de allá pero estará bañada, acariciada por el viento sur pampeano que augurará seguramente lluvias intensas como Nueva York no ha conocido hasta ahora, y no tendrá un clima tan hostil de nevadas furiosas en invierno ni se resbalarán en sus veredas las señoras que saquen a pasear sus perritos o sus hurones porque no se formará hielo en ellas. Al contrario, las señoras saldrán a caminar por Madison o por la calle 72, por Washington Square o la Avenida Amsterdam con una brisa fresca que les golpeará suavemente sus espaldas y les arremolinará las polleras, riéndose como se saben reír las mujeres que están seguras que caminan por veredas de ciudades cosmopolitas, y se dejarán envidiar por las mujeres neoyorquinas enfundadas en gruesos tapados o abrigos de pieles exóticas con las narices escarchadas de tanto frío que busquen infructuosamente un taxi en la esquina de la calle 53 y Broadway. Acá será diferente el estado de ánimo de las personas porque el clima será benévolo como debería serlo en Nueva York. Y si el lote que encuentre, que calculo que puede estar cerca de Saliqueló o de Tapalqué, tal vez, tiene laguna, entonces veremos si conviene que siga siendo laguna o si la secamos y ponemos allí otras cosas, un restaurant o una casa de venta de instrumentos musicales o de electrodomésticos.

Lo que me figuro que será más complicado es encontrar islas que estén cerca de la ciudad como para ir de paseo o de excursión, y para plantarles una estatua encima. Me figuro también que tener otra Estatua de la Libertad será una tarea difícil, mucho más si pretendemos que la done Francia, y eso hace que debamos pensar algunas alternativas viables a esta posible ausencia. Que debe haber estatua está fuera de discusión, lo complicado es decidir estatua de quién o de que. Me resisto, y lo digo desde ya, a que sea del Gauchito Gil o de San Martín, más que nada porque habemos ya una infinidad de ellas diseminadas por todo el territorio nacional y hasta fuera de él y se perdería la gracia. Quizás deba ser una estatua que simbolice el progreso, o la pujanza agrícola, o el reverdecer que trae la primavera, o una imagen de la diosa Palas Atenea o de Alejandro Magno. Y hasta allí , cualquiera sea la estatua que levantemos, llegarán ferris que surcarán el río llenos de curiosos que querrán saber cómo se ve Nueva York desde lejos, cómo es la vista de esa mole colosal que se extiende en la vasta llanura pampeana y se yergue orgullosa frente a otras hermanas menores que, casi con seguridad, le envidiarán el porte; Trenque Lauquen, o Laboulaye, o Firmat, o tal vez Tres Arroyos dependiendo del lugar en que acierte con el lote correcto, dirán que están a unos kilómetros de Nueva York, y que allí viven sus hijos que estarán estudiando en Columbia o cuando menos trabajando en un McDonalds en la 42 y Broadway, vendiendo combos a lo loco a turistas de todo el mundo, y hasta quizás quede tan cerca que podrán irse a almorzar a sus casas en Inriville y volver por la tarde al trabajo después de haber dormido la siesta.

Ante semejante portento y porvenir, sigo sin entender por qué el proyecto ha despertado tan poco entusiasmo en aquellas personas en las que pensé que despertaría una instantánea adhesión. Las gestas, los proyectos, las epopeyas son siempre material controversial y no es sino, muchas veces, hasta pasadas varias generaciones que se comprende y se toma debida consciencia de lo que ha implicado una movida del tamaño de la que estamos pensando. No es llegar y hacer botellas pero tampoco es sentarse a esperar ver crecer los duraznos en el árbol. Es cuestión de empezar, de dar un primer paso y de tener fe en que los resultados llegarán, tarde o temprano. Si no hay líneas de subterráneo construidas hay que ponerse a cavar y hacerlas; si nadie levantó un ladrillo del Carnegie Hall pues hay que empezar por hacer mezcla y poner la piedra fundamental sin acto solemne ni nada de eso; si la iglesia presbiteriana no tiene coro potable es menester que sus integrantes se afanen en tomar clases de canto para afinar aunque más no sea medianamente bien. Ese tipo de cosas hay que hacer y como son tantas y tantas, más que barruntar los pros y contras de la idea lo más sano es darle para adelante y mandarse la patriada, que es mucho mejor pecar por exceso que por defecto. Pero no se me escapa que algún tipo de dudas puede florecer en la credulidad de alguno de los llamados a esta empresa, siempre es así, sin embargo deberían tener en cuenta que una cosa es que te manden a comprar un cuarto kilo de pan al negocio de la vuelta y otra muy distinta es que te pidan que construyas el Empire State, o el edificio de la ONU. Hay que imaginarse ese tipo de situaciones que serán cosa de todos los días y con las cuales vamos a tener que lidiar: por ejemplo, las complicaciones de ubicar el Metropolitan Opera House justo en el lugar en que tiene que ir el Metropolitan Opera House, decidir si tal o cual calle mantiene su sentido o le tenemos que dar uno nuevo para aligerar el tránsito, si Prospect Park tendrá la anchura que tiene o le podemos robar unos metros sin que nadie se de cuenta, o de qué manera podemos comprar artefactos de viejo para hacer el parque de diversiones de Coney Island. Y ni que hablar de decidir si el Bronx debe ser una copia exacta de lo que es o construimos barrios de casas prefabricadas iguales, que sin dudas serán mejores que las pocilgas que debe de haber en el Bronx, digo, por lo que las películas de policía muestran que hay en el Bronx.

Y si me apuran yo no voy a negar que muchas cosas pueden hasta escapárseme de las manos porque no es ser o parecer el intendente de Nueva York sino otra cosa muy distinta que es ser el creador de Nueva York o el fundador de Nueva York; y en ese caso, las prerrogativas de un fundador no son las de un intendente porque el fundador tiene por delante todo el porvenir, todo el futuro, es como pararse o sentarse delante de una montaña de Legos y empezar a construir un lugar mientras que el intendente es alguien que recibe todo hecho, todo armado, todo regulado y reglado y tiene que ceñirse a esas normas y a esas reglas y a lo que le prometió a la población que le entregó un mandato popular o algo así. Yo voy a ser el creador de esta Nueva York vernácula que será como Nueva York pero en tierras argentinas y si alguien me pregunta qué tengo que hacer le voy a decir que todo está por hacer, que tenemos entre manos una tarea inmensa y que es cuestión de darle para adelante. No voy a dejarme asustar porque alguien me diga que me olvidé de ubicar un restorancito en Tribeca o una barbería en algún lugar de Harlem, o que me demanden la construcción del estadio de un equipo de béisbol o de básquet, me reclamen los muertos para enterrar en el cementerio que hay en la zona de Wall Street o cosas por el estilo. Tengo muy en claro que la Nueva York que voy a fundar tendrá esa impronta criolla que la Nueva York no tiene, y que es posible que los panchos de la calle se cambien por choripanes con chimichurri y el maní de la garrapiñada por otra cosa.

Pero la decisión está tomada, no hay vuelta atrás, ya me apalabré al maestro mayor de obra que está haciendo la refacción de la cocina de mi casa para que me dé una mano con los planos, aunque sea en un primer momento, aunque vaya a tener que buscarme un arquitecto como dice él que voy a tener que hacer tarde o temprano. Ya tendré que buscar también un comisario de policía, un director de salubridad y una jefa de personal.

Por ahora buscaré un terrenito, el lote para fundar Nueva York. Y si al final el lote que encuentre no me da para Nueva York, por las razones que sean, entonces veré de fundar Montreal o Liverpool, que son ciudades un poco más accesibles.

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miércoles 6 de enero de 2010

La leyenda de un tal Roberto Sánchez



Los bandidos rurales se hicieron míticos por su condición de justicieros y porque la finalidad de su tarea trascendía más allá del hecho en sí o del reproche al método: eran queribles a pesar de sus aparentes falencias o de sus acciones las que, censurables tal vez, llegaban a la gente de manera directa, es decir, les llegaban al corazón sin pasar por la cabeza. Estos Robin Hoods vernáculos siguen teniendo hoy ese halo de impenetrabilidad y misterio, de incertidumbre en cuanto a fechas, verosimilitud del relato, magnitud de los resultados.

Roberto Sánchez, es decir Sandro, tal vez haya sido en la música y en el espectáculo en general lo más parecido a un bandido rural. Su llegada a lo más profundo de la gente tiene la explicación que solamente da la definición – o el encasillamiento – como figura popular. Ser un artista popular, del pueblo, significa pertenecer a todas y cada una de esas personas que hacen de ese artista una referencia, un hito, una compañía tan propia y tan personal como pueden ser la familia, el entorno, los secretos. En ese sentido, el artista popular lo es por haberse transformado en parte de millones de vidas, y de haberlas transformado de alguna manera.

Sandro, es decir Roberto Sánchez, fue una figura popular. Popularísima. Pero tuvo condiciones y características que lo hicieron diferente a otros artistas populares. Fue incorrecto cuando en el mundo y sobre todo Argentina, la incorrección era no ya un pecado de juventud sino la respuesta a la rigidez del panorama; fue un adelantado, porque vio aquello que otros no veían, y no tuvo pruritos a la hora de desgranar el rock and roll más clásico junto con la balada más recalcitrante; tuvo el don de reírse de sí mismo y, a la vez, de saberse serio cuando se trataba de entregar aquello que sus fans pedían; fue honesto, con él y con los que lo querían y no se dejó avasallar por la fama a pesar de ser inmensamente famoso. Roberto Sánchez fue, tal vez ahora muchos lo vemos, un señor de aquellos que ya no quedan, incapaz de hablar de lo íntimo por la convicción de que la intimidad es terreno personal que nada tiene que ver con lo artístico o la fama.

Muchos de sus detractores tratamos durante muchos años de entender su secreto y solamente lo comprendimos no hace mucho: nadie es un ídolo popular por decreto sino por trabajo y carisma, y esa popularidad es sinónimo de entrega, porque nadie puede ser popular si no se entrega con fruición a aquello que hace. Cuando era chico, dentro del entorno en que me movía Sandro era sinónimo de lo grasa, lo mersa. Ya más grande, uno comprende lo que significa estar en el corazón de la gente, y cuando eso pasa, no existen etiquetas que poner ni motes que colgar. Seguramente tuvo y tendrá detractores, pero ya está instalado hace mucho, y mucho más desde el lunes 4 de enero de 2010, en el altarcito de los dioses paganos que nos construimos los argentinos, esas animitas variopintas que están en el imaginario popular y que, a su modo tal vez, nos protegen y hacen que la vida no sea tan desdichada como lo sería si ellos no estuvieran.

Roberto Sánchez, Sandro, el Gitano, es ya una leyenda, lo era antes de morirse. Hoy ha subido el escalón hacia lo mítico, como un bandido rural más, y allí se quedará para recordarnos que solamente unos pocos pueden ser los verdaderamente elegidos.

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lunes 4 de enero de 2010

Dos maneras de mirar

A veces es imposible detenerse un poco más de la cuenta y poder mirar las cosas de manera distinta a lo que uno usualmente lo hace. La rapidez de las ciudades genera una mirada crispada, instantánea, que es probable que no refleje aquello que mira. La mirada urbana tiene el condimento de lo efímero, de lo retráctil, de lo lábil; y por otro lado, tiene el tempo del latido del corazón agitado, de la velocidad como agente de liberación de hormonas, de la prisa por la prisa misma.

La mirada nuestra es esa síntesis entre aquello que anhelamos ver y lo que nos muestra la realidad; es un instante minúsculo que puede contener las cosas que descartamos, las cosas que buscamos con ardor, lo que transformamos en pena o en gozo. La manera de mirar y de mirarnos es la clave de nuestra propia historia y de nuestros propios aciertos y errores.

Impiadosa o cándida, temerosa u honesta, la mirada es el más directo reflejo de nuestra manera de entender el mundo y de hacerlo nuestra casa.

lunes 21 de diciembre de 2009

Las diez de última


Cierra el año. Como se cierran los polirrubros, las filas, las escuelas, las canchas de pádel, las disquerías. Es decir, se cierra el año como se acaba una época, una forma de hacer las cosas, una mirada a lo que ha sido. Y después todo se vuelve a abrir, como los puestitos de choripan de la Costanera, o las lonas de los artesa en la peatonal de Mar del Plata, o la temporada de pibes haciendo dedo camino al Sur. El verano, eso que empieza teóricamente el 21 de diciembre pero que empieza el 1 de enero, es ese chicle mascado que se extiende hasta marzo y durante el cual las personas tratan de convencerse que la vida de vacaciones es estupenda mientras se asan como patos bajo el sol recalcitrante de la playa o juegan al explorador haciendo trekking liviano en un cerrito de Córdoba o una lomada de la precordillera de Mendoza. Todos sonriendo como en una foto de comunión pintada a mano que cuelga en el pasillo de la casa de la abuela de alguien todos tonos pasteles y melenitas demodé, o en el calendario de la Asociación de Amantes del Tango Salón en el que se ven sesenta parejas con las piernas estiradas y las caras blancas resplandecientes que miran al fotógrafo para inmortalizarse en el nitrato de plata.
Cierra un año con gusto a atardeceres perennes, a relámpagos sepia, a baño maría. Se cierra casi sin quererlo porque se abrió sin saber si llegaría a buen término. Como mimos inmensos, los últimos días gesticulan tratando de que comprendamos lo que quieren decirnos, dibujando en el aire malabares con las manos, pensamientos con los ojos, besos colados entre los labios púrpura que llegan a destinatarios equivocados.
Llegan las diez de última:

1) La sal sobre el mantel, derramada
2) La parte más corta del huesito de la suerte
3) El túnel que significa el paso por debajo de una escalera
4) El tejido sobre un escenario, de alguien vestido de amarillo
5) El gato negro cruzando la calle
6) Los nombres irrepetibles de algunos personajes de la tele
7) Un espejo roto
8) Un bizco mirándonos de frente
9) El año que termina
10) La última noche para saberse libre.

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lunes 17 de agosto de 2009

¿Hablaste con Mickey?


Parecería ser que los argentinos no podemos, como país, sobrepasar la etapa de la niñez o, cuando menos, la de la adolescencia. El más cabal de los ejemplos de ello es el cruce de "acusaciones" que el Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, ha deslizado en los últimos días. Dijo Fernández que Lilita Carrió creía haber hablado con Mickey Mouse durante su reciente viaje a Disney World, y luego señaló que Alberto Fernández - su otrora amigo, colega y coequiper - hablaba hasta con Cartoon Network.

Ante esta situación se proponen aquí algunas opciones para seguir en la línea que marca el Jefe de Gabinete:

Julio Grondona dice haber conversado con el profesor Neurus que se negó a prestarle a Pucho y Serrucho para que conformen el Comité Ejecutivo de la AFA o, cuando menos, sean los nuevos comentaristas de los partidos de Primera

Randazzo asegura que habló con los Backyardigans pero no entendió lo que decían

Cobos estuvo intercambiando palabras con el dibujo animado Yuyito, pero parece ser que la experiencia fue no positiva

Néstor citó a Olivos a Pierre Nodoyuna, quien concurrió acompañado de Patán

Otra vez Julio Grondona estuvo charlando con Los Padrinos Mágicos, a quienes conoce desde hace mucho, siendo él mismo junto con Blatter, uno de ellos

Lilita volvió a hablar con Mickey, al que se le sumaron Donald, Tribilín, Pluto y Margarita. No, perdón, quise decir Daisy, con Margartia parece que no hablan

De Narváez habló con Gepetto, después dijo que nunca lo había consultado, después miró las encuestas y viendo que Pinocho medía mejor, trató de hablar con Pinocho pero se interpuso Pepe Grillo, por lo que debió recurrir a Gepetto para que le destrabe las negociaciones de las conversaciones con los personajes que presentaron charlas paralelas

Reutemann habló telepáticamente con Aquaman

La mujer de Capitanich conversó con el Demonio de Tasmania, y salieron de gira a romper ministerios

Ocaña trató de hablar con la Hortmiguita Viajera pero Moyano - que estaba hablando con Boogie el Aceitoso - le cortó de cuajo la charla

Cachavacha habló, pero la lista es tan larga que no entra en este post

El propio Aníbal Fernández habló con Homero Simpson, parece que tuvieron una larga conversación al final de la cual, y durante la conferencia de prensa posterior, Aníbal se esmeró primero por minimizar, luego por ningunear y después por señalar que nunca se había realizado, que no tenía tiempo de reunirse con Simpson, que él estaba para cosas más importantes, y se retiró del salón con el Comisario de Hijitus.

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martes 12 de mayo de 2009

Origami


Hay que ser paciente. De eso se trata. Por lo menos es lo que el 99.9% de los mortales creemos que sucede con todo lo que tenga que ver con Japón. Con lo japonés. Paciencia, constancia, orden. Paciencia, constancia y orden. Costumbres ancestrales y tradición. Todos ligados a Japón. Todos conceptos ligados a Japón. Geishas y té. Sake, animé y Ultramán. Kimono de seda e Hirohito.



Y origami.



Doblar un papel de manera tan suave, casi tan etérea que se transforma en aquello que queramos. Grullas volátiles cruzando de este a oeste un horizonte imaginario. Una flor de loto sobre las aguas calmas de un lago junto a un monte. Briznas de bambú en el regazo de una madre. Dos espadas samuráis luego de la batalla.



Doblar un papel para que aparezca la visión de lo que somos y de lo que quisiéramos ser. Como en la escultura, esa hermana mayor, el papel deja descansar en su lisura las formas de aquello que es y que será. Los pliegues no revelan nada sino que permiten mostrar lo evidente. Y a diferencia de su hermana, la simplicidad y lo efímero del soporte.



Para ver las cosas que regala el origami hay que ser paciente, constante, ordenado. Para apreciar las cosas que regala es necesario poseer un alma reposada y aquietada, que también permita ser plegada para mimetizarse con la figura que forma el papel.



El origami es como un haiku de tres dimensiones:



Con un papel

descubro sin prisas

el mundo.


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miércoles 22 de abril de 2009

País Photoshop



Retocar la realidad para convertirla en lo que no es.


Es posible que algunas de las rutinas que nos ha impuesto la tecnología hayan hecho mella en nuestros comportamientos cotidianos. Cuando sólo teníamos las máquinas de escribir, cambiar frases, palabras, signos, era una tarea complicada una vez que ya habían sido tipeadas. ¡Y ni qué hablar de lo que ocurría en la época de Gutemberg! Hoy ya nos hemos habituado a la cultura del "copy and paste" con una facilidad pasmante, sin perjuicio de las bondades que lo sencillo trae para el diario devenir.

Pero lo que puede ser un avance de la técnica, un mejoramiento de la calidad de vida o el transformar el engorro en simple ejercicio mecánico puede transminarse a otro órdenes de la vida donde sus beneficios no son tan evidentes y hasta pueden ser perniciosos y nefastos.

El ultimo domingo, observando una publicidad contenida en una revista de diario pude comprobar la belleza de Araceli González sonriendo desde una fotografía. La visión me llevó a pensar dos cosas: la primera me hizo rememorar una de mis películas preferidas, Brazil, en la que la madre del protagonista a fuerza de tratamientos y cirugías cada vez se veía más joven y terminaba teniendo la cara y el cuerpo de la amada de su propio hijo; la segunda me llevó a sopesar las ventajas del Photoshop. Y créanme, de allí a pensar en el país Photoshop hubo sólo un paso, un segundo de iluminación, el lapso que media entre estar a oscuras y súbitamente comprender.

El país Photoshop es ese país en el que estamos sumergidos todos nosotros y que, también, muchas veces no depende de nuestra voluntad. Es un país en el que la realidad intenta cubrirse, disfrazarse, incluso aquella que sin aditivos puede calificarse de auspiciosa.

En el país Photoshop es posible que los funcionarios traten de hacernos creer que lo que ocurrió en realidad no pasó, que lo que alguien hizo nunca aconteció, que lo que una persona dijo jamás fue siquiera musitado. En el país Photoshop nadie votó por tal o cual candidato, ni en el pasado perteneció a tal o cual partido o coalición, no votó leyes malditas o votó leyes a las que otrora se opuso tenazmente, no ocupó cargos que ocupó ni firmo solicitadas que firmó.

El país Photoshop se construye borrando de un plumazo todo aquello que molesta, que mancha, que complica. Se borran o se cambian los índices de desocupación, de pobreza, de precios, para hacerlos más estilizados, menos abultados, escondiendo la celulitis evidente que no puede guardarse ni bajo las alfombras que suponen ser los comunicados de prensa, las campañas de prensa o las declaraciones a los medios. En el país Photoshop el hambre se retoca con subsidios que obligan a quien lo obtiene a ser cautivo de quien lo otorga; las miserias humanas se convierten en melodramas edulcorados con final de lágrimas que elevan los ratings - políticos y televisivos - a niveles insospechados; el valor de la palabra es igual al tiempo en que la palabra es olvidada, sea por la naturaleza o la fuerza. Es el país en donde la claque y los reidores ocupan un sitial preponderante delante del resto de los ciudadanos pues de esa forma la ilusión puede subvertir sin vuelta atrás el orden establecido que es siempre mucho más terrible que lo que los responsables quieren admitir y sus henchidas vísceras son capaces de aguantar. Es el país en donde la única verdad no es precisamente la realidad.

En este país Photoshop también se cubre con una pátina de honorabilidad los currículums impresentables, los contratos leoninos y con cláusulas abusivas con carga a la sociedad toda, los meandros del besamanos que muchos abridores de puertas que deambulan en torno al poder deben completar para hacerse de una dádiva roñosa y malhabida. Es el país de la escondida como juego de cabecera, el reino de lo aparente con decreto de realidad, la triste comprobación de que aquello que pretende ignorarse aparece como una pobre imagen especular deformante de lo que se quisiera esconder.

En el país Photoshop el decoro es un bien en baja, que no está en la barra de herramientas y que sólo está disponible en versiones que no son gratuitas, aquellas en las que debe pagarse un costo. El país Photoshop es la versión moderna de los espejitos de Colón, del cuento del tío, el diario de Yrigoyen, de la adivinación chanta, del símil cuero, del parecido pero no igual.

Y todos, nos guste o no, nos movemos en ese país. Algunos pueden resistir al encanto momentáneo que significa un espejo que devuelve lo que en realidad no se es. Pero no son muchos los valientes, los decididos o los desangelados que lo logran. El resto nos conformamos con la virtualidad de la ilusión, con los falsos absolutos de Eco, y seguimos para adelante de la manera que cada uno de nosotros pueda.

El país Photoshop siempre parece dar revancha pero, en verdad, lo único que hace es pasarnos merecidas facturas.


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